Sus ojos eran abismos de tinta: oscuros, no por el color, sino porque en ellos no habitaba el tiempo. Le temía a la muerte, pero no como otros, ella la sentía cerca, respirándole al oído en los amaneceres quietos, en los cuartos sin ventanas, en los días sin trenes ni caminos nuevos.
Por eso caminaba, no por placer ni por fuga, caminaba porque cada ciudad que pisaba le regalaba un segundo más. Cada rostro desconocido, cada idioma extraño, cada sabor nunca antes probado era un hilo más que la ataba a este lado del mundo…
Descubrió el secreto sin querer: mientras se moviera, no moriría.
Soñaba con desiertos y mercados húmedos, con faros apagados y ruinas que nadie visitaba. Andaba sin rumbo fijo, como si al detenerse algo en ella empezara a destejerse. Y así era: una vez pasó tres días sin cruzar ninguna frontera. En la última noche, su sombra la abrazó por primera vez y le dijo:
—Estás dejando que el silencio te alcance…
Ella lloró sin lágrimas, y al alba, abordó el primer tren, sin mirar adónde iba. Solo sabía que debía ir.
En algún lugar, alguien la soñó entrando en un bosque donde nunca salía el sol; otro la dibujó en una calle sin nombre, y alguien más juró haberla visto en el reflejo de un charco tras la lluvia. Pero nadie pudo retenerla. Porque vivir, para ella, era caminar; y detenerse, empezar a morir.