lunes, 6 de abril de 2009

Intento de fuga

Por Álvaro Triana

Antes de cerrarse la puerta alcancé a ver en el centro comercial a un policía. Me detuve con brusquedad y miré alrededor para verificar que el asesino no me persiguiera. En ese momento estaba decidida a contarlo todo; sabía que ese policía era mi salvación: cualquier autoridad estaría orgullosa de atrapar a este sádico. Pensé que todo iba a terminar.

Cuando quise entrar al centro comercial me di cuenta de que algo no estaba bien, al principio creí que la puerta estaba descompuesta, esa idea la descarté porque ya la había visto funcionar pero yo no podía entrar. Una fría ráfaga de viento me atravesó, de pronto sentí como dejaba de tocar la banqueta y un sentimiento de miedo me jalaba hacia atrás. Mi mirada se nubló, comencé a recordar lo que había visto a su lado, fui testigo de sus atrocidades y perversiones, en algunos momentos hasta cooperé en esas sesiones de tortura, en las masacres. Pero eso ahora no importaba: él ya estaba cerca.

Derrotada en mi intento por denunciarlo caí al suelo; en ese instante sentí su tétrica presencia. Con un ademán violento, que reflejaba el hartazgo que yo le provocaba, me señaló, como lo acostumbra con sus víctimas, y me obligó a que me acercara. Me colocó frente a él y se subió en mis pies; después, me dio la espalda. En una acción inmediata adquirí su forma, su oscuridad me llenó. Seguí ciegamente sus movimientos, nos convertimos en uno, él de pie y yo acostada en el piso o custodiándolo, recargada en las paredes.

A partir de ese día he vuelto a estar pegada a él; dedicamos los días a buscar víctimas.