-Papá ¿qué tienes? -Me dijo la niña que estaba sentada sobre mis piernas.
-¡Otra vez te quedaste en blanco! - Añadió la mujer junto a mí- ¡Ahora sí es necesario que vayas al médico... es insoportable!- Concluyó.
No era la primera vez que me ocurría. En las últimas tres semanas, a partir del uso constante de un nuevo teléfono celular he sufrido una serie de... no se cómo definirlos, sólo me quedo ausente, no reconozco a nadie ni nada de lo que me rodea. Por algunos instantes soy como un intruso en otra existencia, como si pequeños fragmentos de otra vida se incrustaran en mi mente: escucho risas infantiles que no son de mi hija, veo a una esposa que no es la mía; experimento sensaciones ajenas, placeres intrusos y, de repente, todo vuelve a la normalidad. Esas imágenes y emociones desaparecen de forma inmediata.
Ante la insistencia de mi mujer, fui al médico, quien era un viejo amigo, al cual no reconocí cuando entré al consultorio. Él me recomendó realizar una innovadora terapia que había llegado al país, la cual yo acepté con desconfianza.
Al día siguiente, mi esposa me llevó al lugar donde realizaban el tratamiento. Un hombre alto y delgado, vestido con un reluciente uniforme azul, nos recibió. Casi enseguida me hizo pasar a una pequeña y fría estancia en donde los únicos objetos que había eran un espejo instalado en una de las paredes, una plancha de metal, una silla y un biombo. Me quité la ropa, me puse una bata y me recosté en esa plancha cubierta sólo por una sábana azul claro.
El hombre me colocó unos anteojos oscuros, unos audífonos y una serie de electrodos que instaló en mi frente, manos, pecho, mis testículos, nalgas y en mis pies. Todo se conectaba a una gran maquina ubicada al otro lado de la habitación, me explicaba el hombre mientras me colocaba tales aditamentos.
Cuando encendió el sistema, un sinnúmero de escenas, de las que ahora me iba dando cuenta eran mi vida, se proyectaron en el interior de los anteojos: pude ver mi infancia, a mi amigo el doctor, a mis padres, mi familia; logré revivir mi boda, el nacimiento de mi hija y mis reconocimientos laborales. Al finalizar esas imágenes todo se oscureció, un pequeño zumbido proveniente de los audífonos dio paso a voces, risas, llantos, canciones, mientras que al mismo tiempo experimentaba sensaciones en todo mi cuerpo: besos, golpes, caricias, dolor, placer…
Cansado, después de experimentar aquello durante un largo rato, abrí los ojos; lo primero que vi fue el hermoso rostro de mi mujer, un beso y una sonrisa fueron su regalo de bienvenida. Al cerrarlos, escuché que el hombre de azul reluciente le dijo a mi esposa: “Ahora sí, toda la información está cargada”.
-¡Otra vez te quedaste en blanco! - Añadió la mujer junto a mí- ¡Ahora sí es necesario que vayas al médico... es insoportable!- Concluyó.
No era la primera vez que me ocurría. En las últimas tres semanas, a partir del uso constante de un nuevo teléfono celular he sufrido una serie de... no se cómo definirlos, sólo me quedo ausente, no reconozco a nadie ni nada de lo que me rodea. Por algunos instantes soy como un intruso en otra existencia, como si pequeños fragmentos de otra vida se incrustaran en mi mente: escucho risas infantiles que no son de mi hija, veo a una esposa que no es la mía; experimento sensaciones ajenas, placeres intrusos y, de repente, todo vuelve a la normalidad. Esas imágenes y emociones desaparecen de forma inmediata.
Ante la insistencia de mi mujer, fui al médico, quien era un viejo amigo, al cual no reconocí cuando entré al consultorio. Él me recomendó realizar una innovadora terapia que había llegado al país, la cual yo acepté con desconfianza.
Al día siguiente, mi esposa me llevó al lugar donde realizaban el tratamiento. Un hombre alto y delgado, vestido con un reluciente uniforme azul, nos recibió. Casi enseguida me hizo pasar a una pequeña y fría estancia en donde los únicos objetos que había eran un espejo instalado en una de las paredes, una plancha de metal, una silla y un biombo. Me quité la ropa, me puse una bata y me recosté en esa plancha cubierta sólo por una sábana azul claro.
El hombre me colocó unos anteojos oscuros, unos audífonos y una serie de electrodos que instaló en mi frente, manos, pecho, mis testículos, nalgas y en mis pies. Todo se conectaba a una gran maquina ubicada al otro lado de la habitación, me explicaba el hombre mientras me colocaba tales aditamentos.
Cuando encendió el sistema, un sinnúmero de escenas, de las que ahora me iba dando cuenta eran mi vida, se proyectaron en el interior de los anteojos: pude ver mi infancia, a mi amigo el doctor, a mis padres, mi familia; logré revivir mi boda, el nacimiento de mi hija y mis reconocimientos laborales. Al finalizar esas imágenes todo se oscureció, un pequeño zumbido proveniente de los audífonos dio paso a voces, risas, llantos, canciones, mientras que al mismo tiempo experimentaba sensaciones en todo mi cuerpo: besos, golpes, caricias, dolor, placer…
Cansado, después de experimentar aquello durante un largo rato, abrí los ojos; lo primero que vi fue el hermoso rostro de mi mujer, un beso y una sonrisa fueron su regalo de bienvenida. Al cerrarlos, escuché que el hombre de azul reluciente le dijo a mi esposa: “Ahora sí, toda la información está cargada”.