lunes, 6 de abril de 2009

El último jardín

Por Álvaro Triana

Confundido, con pasos torpes, fue adentrándose en la luminosidad del jardín. De vez en vez, quizá por el efecto del miedo, creía distinguir un rostro conocido que desaparecía entre las sombras de un viejo árbol. Sus pequeños ojos poco a poco recuperaban su visión; comenzaba a ver bien, sin ninguna molestia. La opresión que sentía en el pecho había dado paso a una nerviosa respiración que acompañaba su andar.

¿Dónde está Alejandra?, decía mientras se sentaba en una de las amplias bancas de piedra. Miró una escultura que estaba frente a él: era un arcángel. Una rara luz que provenía del fondo del jardín proyectaba sombras siniestras sobre la espada que el arcángel empuñaba y dirigía hacia la cabeza de un demonio postrado a sus pies. En ese momento se dio cuenta de que no llevaba zapatos y que su ropa estaba desabotonada. Al ver sus manos se percató de que no eran las mismas, las arrugas y cicatrices que fue acumulando con los años habían desaparecido. La ansiedad por saber de Alejandra era mayor a cualquier cosa, ¿dónde estará? se repetía. Hace apenas un momento había escuchado el grito de Alejandra; eso lo preocupaba porque era un alarido de dolor, de pánico.

A pesar de que no estaba seguro de dónde estaba y a dónde se dirigía, tenía la certeza de haber dejado algo inconcluso. Lo último que recordaba fue haber comido algunas ciruelas y haber estado leyendo el diario, después todo fue negro, el dolor del brazo, la opresión en el pecho. Ahora esta absurda caminata a quién sabe dónde, los rostros fugaces en los árboles, la mirada amenazante del arcángel y esa duda que le carcomía la conciencia:

"¿Dónde estará? –repetía- los gritos de Alejandra dejaron de sonar hace un buen tiempo. Creo que fue después del rechinido de llantas y el sonido de aquella oscura voz diciendo: Lo perdimos".