Vivía bien, o eso creía, todo encajaba: rutinas pulidas, afectos funcionales, logros modestos. No dolía nada, tampoco brillaba nada. Hasta que llegaste.
No sé si fuiste herida o revelación, solo sé que alteraste la forma en que el tiempo cae sobre mí. Trajiste contigo el caos suave: tu miedo a morir, tu forma de reír, tus preguntas como cuchillas lentas. Y yo, que siempre había caminado junto a la muerte como a una vieja amiga, ahora tiemblo ante la idea de perder lo que nunca fue mío.
Eres una anomalía, una figura que no encaja, una promesa no cumplida, un vestigio del futuro, algo que se intuye, pero no sucede. Y sin embargo, ya dejaste marca, aunque no te quedes, aunque no regreses, aunque solo fueras un error en el tejido perfecto de mi vida anterior.
Ya no puedo volver. Ni quiero.