No supe cuándo entraste. Solo un día me descubrí hablando como si me escucharas, pensando como si me miraras.
No golpeaste la puerta: fuiste humo, grieta, sed.
Desde entonces, algo en mí arde bajo la piel. Y no es amor. O no solo. Es hambre de lo imposible.
Es un animal que no duerme.
No te culpo. Jamás. Solo pasabas. Fuiste brisa, y yo ya era incendio antes de que llegaras.
Solo que contigo, las brasas supieron a belleza.
Me alejé, sí. Pero no me apagué.
Solo me escondí donde nadie ve, a escribir con cenizas lo que no puedo decirte con voz.
No espero que sepas. No quiero que sepas.
Pero si algún día te duele algo sin saber por qué, tal vez… solo tal vez… sea mi nombre susurrándote desde el fondo del silencio.