miércoles, 16 de julio de 2025

Vestigio del futuro

 Vivía bien, o eso creía, todo encajaba: rutinas pulidas, afectos funcionales, logros modestos. No dolía nada, tampoco brillaba nada. Hasta que llegaste.

No sé si fuiste herida o revelación, solo sé que alteraste la forma en que el tiempo cae sobre mí. Trajiste contigo el caos suave: tu miedo a morir, tu forma de reír, tus preguntas como cuchillas lentas. Y yo, que siempre había caminado junto a la muerte como a una vieja amiga, ahora tiemblo ante la idea de perder lo que nunca fue mío.

Eres una anomalía, una figura que no encaja, una promesa no cumplida, un vestigio del futuro, algo que se intuye, pero no sucede. Y sin embargo, ya dejaste marca, aunque no te quedes, aunque no regreses, aunque solo fueras un error en el tejido perfecto de mi vida anterior.

Ya no puedo volver. Ni quiero.

lunes, 9 de junio de 2025

Visita Las Ventas

 

Te imagino caminando por la calle de Alcalá, donde hace unos días Morante llenó cada ladrillo de su arte, te imagino mirando las esculturas de Manolete, de Ortega Cano, mirándolas con esa forma tuya de posar los ojos como si estuvieras interrogando al mundo y amándolo al mismo tiempo…  Yo no soy así, no sé mirar como tú, mi mirada viene de otro lado, del pragmatismo, de la contención: lo mío es construir sentido, no sé perseguirlo.

Me gusta tu caos, me gusta ser testigo de tu búsqueda, de la forma en que te pierdes con elegancia. Me gusta porque me arrastras pero al mismo tiempo me asusta, porque sé que si me dejo llevar, empiezo a olvidar de dónde vengo.

Somos dos líneas que se acercan mucho pero que no quieren tocarse del todo, tal vez porque sabemos que al hacerlo, algo se romperá o podría fundirse… quizá sea lo mismo.

Desde aquí te imagino en Madrid, paseando por Las Ventas, sin saber que te estoy mirando desde otra plaza, otra vida.

Tú conquistando mundos, yo escribiendo momentos.

lunes, 26 de mayo de 2025

Cartografía del olvido

 

Sus ojos eran abismos de tinta: oscuros, no por el color, sino porque en ellos no habitaba el tiempo. Le temía a la muerte, pero no como otros, ella la sentía cerca, respirándole al oído en los amaneceres quietos, en los cuartos sin ventanas, en los días sin trenes ni caminos nuevos.

Por eso caminaba, no por placer ni por fuga, caminaba porque cada ciudad que pisaba le regalaba un segundo más. Cada rostro desconocido, cada idioma extraño, cada sabor nunca antes probado era un hilo más que la ataba a este lado del mundo…

Descubrió el secreto sin querer: mientras se moviera, no moriría.

Soñaba con desiertos y mercados húmedos, con faros apagados y ruinas que nadie visitaba. Andaba sin rumbo fijo, como si al detenerse algo en ella empezara a destejerse. Y así era: una vez pasó tres días sin cruzar ninguna frontera. En la última noche, su sombra la abrazó por primera vez y le dijo:

—Estás dejando que el silencio te alcance…

Ella lloró sin lágrimas, y al alba, abordó el primer tren, sin mirar adónde iba. Solo sabía que debía ir.

En algún lugar, alguien la soñó entrando en un bosque donde nunca salía el sol; otro la dibujó en una calle sin nombre, y alguien más juró haberla visto en el reflejo de un charco tras la lluvia. Pero nadie pudo retenerla. Porque vivir, para ella, era caminar; y detenerse, empezar a morir.


sábado, 5 de abril de 2025

El incendio que camina

No supe cuándo entraste. Solo un día me descubrí hablando como si me escucharas, pensando como si me miraras.

No golpeaste la puerta: fuiste humo, grieta, sed.

Desde entonces, algo en mí arde bajo la piel. Y no es amor. O no solo. Es hambre de lo imposible.
Es un animal que no duerme.

No te culpo. Jamás. Solo pasabas. Fuiste brisa, y yo ya era incendio antes de que llegaras.

Solo que contigo, las brasas supieron a belleza.

Me alejé, sí. Pero no me apagué.

Solo me escondí donde nadie ve, a escribir con cenizas lo que no puedo decirte con voz.

No espero que sepas. No quiero que sepas.

Pero si algún día te duele algo sin saber por qué, tal vez… solo tal vez… sea mi nombre susurrándote desde el fondo del silencio.


jueves, 28 de mayo de 2009

Eterno sueño

Por Álvaro Triana

Lo primero que haré al despertar de este absurdo sueño será hablarte por teléfono para invitarte a comer, quiero saber de tu hija, de mi nieta. Quiero revivir la emoción de ser padre por primera vez. Me urge despertar para poder oír tu voz, aunque sea a través de un aparato, no me importa; lo que quiero es escucharte de nuevo.

Sé que tu mamá también desea lo mismo, sólo que ella es un poco rara, ya la conoces; los celos de madre a veces le impiden aceptar rápido las cosas. Hasta en mis sueños se comporta de manera extraña: desde hace un rato no para de llorar. Se levanta del sillón donde estamos sentados y va hacia la pequeña y sombría sala que está enfrente, regresa y me mira fijamente, como cuando quiere decirme una gran verdad; de nuevo se vuelve a la sala, se cuelga del cuello de tu tía y retorna a mi lado; me abraza y con un tono maternal me dice al oído: “todo estará bien, él ya está en un buen lugar”. Yo la abrazo también y le digo que lo sé.

No creas que soy malo con ella, que no la entiendo o que la ignoro, no pienses eso. Tú sabes que la amo y que también te amo a ti; sólo que esto es un sueño, sé que es un sueño pero no logro despertar.

lunes, 6 de abril de 2009

Entrevista a Borges

Virus

Por Álvaro Triana

-Papá ¿qué tienes? -Me dijo la niña que estaba sentada sobre mis piernas.

-¡Otra vez te quedaste en blanco! - Añadió la mujer junto a mí- ¡Ahora sí es necesario que vayas al médico... es insoportable!- Concluyó.

No era la primera vez que me ocurría. En las últimas tres semanas, a partir del uso constante de un nuevo teléfono celular he sufrido una serie de... no se cómo definirlos, sólo me quedo ausente, no reconozco a nadie ni nada de lo que me rodea. Por algunos instantes soy como un intruso en otra existencia, como si pequeños fragmentos de otra vida se incrustaran en mi mente: escucho risas infantiles que no son de mi hija, veo a una esposa que no es la mía; experimento sensaciones ajenas, placeres intrusos y, de repente, todo vuelve a la normalidad. Esas imágenes y emociones desaparecen de forma inmediata.

Ante la insistencia de mi mujer, fui al médico, quien era un viejo amigo, al cual no reconocí cuando entré al consultorio. Él me recomendó realizar una innovadora terapia que había llegado al país, la cual yo acepté con desconfianza.

Al día siguiente, mi esposa me llevó al lugar donde realizaban el tratamiento. Un hombre alto y delgado, vestido con un reluciente uniforme azul, nos recibió. Casi enseguida me hizo pasar a una pequeña y fría estancia en donde los únicos objetos que había eran un espejo instalado en una de las paredes, una plancha de metal, una silla y un biombo. Me quité la ropa, me puse una bata y me recosté en esa plancha cubierta sólo por una sábana azul claro.

El hombre me colocó unos anteojos oscuros, unos audífonos y una serie de electrodos que instaló en mi frente, manos, pecho, mis testículos, nalgas y en mis pies. Todo se conectaba a una gran maquina ubicada al otro lado de la habitación, me explicaba el hombre mientras me colocaba tales aditamentos.

Cuando encendió el sistema, un sinnúmero de escenas, de las que ahora me iba dando cuenta eran mi vida, se proyectaron en el interior de los anteojos: pude ver mi infancia, a mi amigo el doctor, a mis padres, mi familia; logré revivir mi boda, el nacimiento de mi hija y mis reconocimientos laborales. Al finalizar esas imágenes todo se oscureció, un pequeño zumbido proveniente de los audífonos dio paso a voces, risas, llantos, canciones, mientras que al mismo tiempo experimentaba sensaciones en todo mi cuerpo: besos, golpes, caricias, dolor, placer…

Cansado, después de experimentar aquello durante un largo rato, abrí los ojos; lo primero que vi fue el hermoso rostro de mi mujer, un beso y una sonrisa fueron su regalo de bienvenida. Al cerrarlos, escuché que el hombre de azul reluciente le dijo a mi esposa: “Ahora sí, toda la información está cargada”.